CUANDO OBEDECER VALE MÁS QUE VIVIR

“Quien, viniendo a nosotros, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y lo entregarán en manos de los gentiles.”

Hechos 21:11

La determinación de Pablo rumbo a Jerusalén

Queridos amigos, este versículo narra la profecía de Ágabo, quien anuncia de manera gráfica que Pablo sería arrestado en Jerusalén. A pesar de las súplicas de sus hermanos y de las advertencias proféticas, Pablo insiste en ir a Jerusalén.

Pablo insistía porque tenía la convicción del llamado divino. Desde Hechos 20:22-24, Pablo ya había declarado: “Ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer, salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones; pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera…”.

La voluntad de Dios era clara, pues debía dar testimonio en Jerusalén y, desde allí, ir hacia Roma (Hechos 23:11). La soberanía de Dios dirige los pasos de sus siervos; Pablo había entendido que el sufrimiento no anulaba el plan, sino que formaba parte de él.

Pablo insistía porque tenía amor por la Iglesia y por el Evangelio. El apóstol llevaba una ofrenda de las iglesias gentiles para los pobres de Jerusalén (Romanos 15:25-27). Era un acto de unidad visible entre judíos y gentiles en Cristo. Estaba dispuesto a poner en riesgo su vida por edificar la iglesia y confirmar la verdad del evangelio.

Pablo insistía porque tenía el ejemplo de Cristo. Como su Señor, que “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51), Pablo ve su propio camino marcado por la obediencia que acepta el sufrimiento. La cruz no era un obstáculo, sino parte del llamado.

Vemos la providencia de Dios, pues el Espíritu revelaba los peligros, no para disuadir a Pablo, sino para fortalecerlo y preparar a la Iglesia. Nada de lo que ocurrió fue accidental.

Está la obediencia sobre la autopreservación, puesto que el creyente no busca evitar el sufrimiento a toda costa, sino glorificar a Dios en toda circunstancia (Filipenses 1:20).

Está la fidelidad en la misión, puesto que Pablo no se guía por cálculos humanos de conveniencia, sino por la certeza de que la Palabra debe ser anunciada.

También está la unidad de la Iglesia, pues al llevar la ofrenda, Pablo mostraba que el Evangelio rompe barreras culturales y étnicas, anticipando la plenitud del plan de Dios.

En resumen, podemos indicar que Pablo insistía en ir a Jerusalén porque sabía que era la voluntad soberana de Dios; entendía que el sufrimiento era parte de su misión apostólica; buscaba la edificación de la Iglesia y la gloria de Cristo, no su propia seguridad.

Así como Jesús avanzó hacia Jerusalén sabiendo que lo esperaba la cruz, Pablo caminaba hacia la ciudad consciente del arresto, pero confiado en que la fidelidad a Dios es más valiosa que la preservación de la vida.

Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.

“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.

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