“Entonces Rebeca habló a Jacob su hijo, diciendo: He aquí yo he oído a tu padre que hablaba con Esaú tu hermano, diciendo: Tráeme caza y hazme un guisado, para que coma, y te bendiga en presencia de Jehová antes que yo muera.”
Génesis 27:6–7 RVR1960
Queridos amigos, el pasaje nos introduce en una escena moralmente incómoda: Rebeca escucha a Isaac y decide intervenir engañosamente para asegurar la bendición para Jacob.
Le sigue planificación del engaño, mentira deliberada y suplantación. Rebeca peca y conduce a su hijo a pecar. El pecado es real, grave y condenable, aun cuando ocurre dentro de una familia elegida por Dios.
Rebeca no actúa por fe en este momento, sino por ansiedad y principalmente por control humano. Jacob tampoco es inocente, porque participa activamente en la mentira (versículos 18–24).
Esto confirma que la elección de Dios no elimina la pecaminosidad del hombre.
Los patriarcas no son héroes morales impecables, sino instrumentos de gracia en proceso, marcados por debilidades reales.
Dios ya había decretado el resultado sin necesidad del engaño. Antes de este evento, Dios ya había declarado: “El mayor servirá al menor” (Génesis 25:23)
Es decir, Jacob recibiría la primogenitura por decreto divino, no por manipulación humana.
Pero ni Rebeca ni Jacob confiaron en el tiempo ni en los medios de Dios, y decidieron “ayudar” a que se cumpliera la promesa. Observamos que el pecado muchas veces nace cuando intentamos cumplir los propósitos de Dios por nuestros propios medios.
Dios no aprueba el pecado, pero sí lo gobierna. Dios no necesita el pecado, pero sí lo incluye dentro de su soberanía. Recordemos que Dios no es autor del pecado, pero ordena soberanamente todo lo que acontece, y se vale incluso del mal para cumplir sus propósitos perfectos.
El resultado (Jacob como heredero) ya estaba en el plan de Dios. Esto no significa que Dios “aplaudió” o “agradeció” el engaño, el punto es que nada ni nadie, ni siquiera el pecado humano, puede frustrar el plan soberano de Dios.
La gracia no elimina la disciplina, porque aunque el plan de Dios se cumple, los personajes no quedan impunes y viven una serie de eventos como consecuencia de su pecado: Jacob huye de su casa, Rebeca pierde a su hijo por años (y posiblemente nunca vuelve a verlo), la familia queda fracturada, Jacob cosecha engaño más adelante a través de Labán y sus hijos.
Dios perdona, pero también disciplina, y la gracia no es licencia para pecar.
Y aquí está lo más sorprendente: Jacob, el engañador será Israel, y de él vendrán las 12 tribus. Esto no contradice el carácter de Dios, sino que lo magnifica, porque Su poder transforma a los pecadores.
La elección divina no se basa en mérito, sino en gracia soberana (Romanos 9).
Este pasaje no hace parte de una historia de astucia exitosa, sino de una advertencia seria, que el pecado nunca es el camino correcto, aunque parezca producir resultados, que los propósitos de Dios no necesitan de nuestra manipulación, y, sin embargo, Dios sigue siendo fiel, incluso cuando nosotros no lo somos.
Al final, la historia de la redención avanza por la gracia irresistible de un Dios que gobierna incluso sobre nuestros pecados.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.