“Y ella dijo: Halle tu sierva gracia ante tus ojos. Y la mujer se puso en camino, comió y ya no estaba triste su semblante.”
1 Samuel 1:18 LBLA
Queridos amigos, durante una reunión de estudio bíblico coincidimos entre los presentes sobre lo maravillosos que son los dones de gozo y paz que Dios regala a su hijos. Nadie se salva de angustiarse y de afanarse cuando las circunstancias apremian, pero la angustia y el afán desaparecen después de haberse entregado al cielo en oración.
Los creyentes verdaderos nos gozamos en el Señor incluso cuando nos encontramos en apuros y estamos pasando por dolor y aflicción. Y gozamos de esa paz “irresponsable” cuando deberíamos estar desesperados o profundamente acongojados.
Algo muy parecido le sucedió a Ana, la madre de Samuel, es por ello que ante este pasaje nos encontramos delante de una de las historias más bonitas y significativas del Antiguo Testamento.
Ana estaba casada con Elcana y contaba con una detractora en Penina, la otra esposa de su marido, que le hacía la vida imposible, especialmente porque se burlaba de ella y la menospreciaba, porque no quedaba embarazada. La falta de hijos constituía motivo de reproche y de deshonra, recordemos a Elisabet alabando a Dios por haberle quitado su afrenta cuando se embarazó milagrosamente del bebé que después sería el profeta Juan el Bautista (Lucas 1:25).
El no poder procrear sin duda es gran motivo de desconsuelo en esos y en estos tiempos. En el transcurso de los años conocí a varias mujeres que hubieran hecho cualquier cosa por tener un hijo, algunas de ellas consiguieron su propósito con la ayuda de la ciencia y, espero, de Dios, pero otras se tuvieron que resignar.
A pesar del amoroso trato de su marido, pues Ana era su preferida, que la consolaba diciéndole que tuviera paciencia, ella andaba tremendamente desalentada, al extremo de caer en una depresión, dejando de comer y terminando con toda probabilidad enferma físicamente.
Fueron momentos difíciles para ella y para el marido, hasta que una vez más llegó el tiempo de subir a Silo para adorar a Jehová, adonde iban cada año por devoción. Las amorosas palabras de Elcana sobre Ana durante el trayecto tuvieron el efecto deseado, pues una vez en Silo ella se levantó y después de comer y beber, se dirigió al templo.
Se estaba celebrando una importante fiesta religiosa, por lo tanto, la afluencia de gente en el atrio del tabernáculo era nutrida, no era precisamente el mejor lugar para detenerse a orar en privado. Por lo visto Ana no tuvo la oportunidad de orar en voz alta, de manera que oró hablando con el corazón, apenas susurrando las palabras.
Elí, sumo sacerdote y juez de Israel, llegó a la conclusión equivocada de que Ana estaba borracha, porque movía extrañamente los labios en un lugar donde probablemente nadie oraba. No le importó ser reprochada injustamente gracias a un juicio superficial que condujo a una conclusión apresurada, pues no dejó de orar. Ana pudo haberle respondido a Elí, más aún cuando él tenía dos hijos conocidos por su mala conducta. Elí estuvo dispuesto a reconocer su error, la bendijo y ahí terminó el incidente.
Ningún creyente genuino reconciliado con Dios mediante Cristo Jesús se sentirá desdichado y desalentado por mucho tiempo, si aplica el celestial privilegio de la oración. Así funcionó también con Ana, que regresó a su casa llena de gozo.
La oración sincera dirigida a Dios, el aliento recibido de hermanos en la fe (Elí la alentó positivamente después de reconocer su error) y la firme resolución de entregar las cargas a Dios obraron como el remedio perfecto contra su desgracia.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.