«Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia.»

Isaías 64:6

Queridos amigos, en la sociedad actual, muchas personas se consideran buenas basándose en estándares morales humanos, aun cuando no creen en Dios ni siguen sus caminos.

Estos suelen compararse con otros a quienes consideran peores y creen que, debido a sus «buenas obras», están en una posición favorable delante de Dios o en el juicio final. Queda la pregunta: ¿es válida esta percepción desde la perspectiva de las Escrituras?

La naturaleza humana según las Escrituras es caída. La Biblia enseña que el estándar de bondad no está determinado por la percepción humana, sino por la santidad de Dios: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3:10-12). Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia (Isaías 64:6).

Estos textos revelan que, en comparación con la perfección divina, ningún ser humano es verdaderamente bueno. Aunque una persona pueda realizar actos moralmente buenos, estos no logran alcanzar el estándar de Dios sin fe en Él.

Las comparaciones humanas y la justicia divina no van de la mano. Los incrédulos que se consideran buenos suelen medir su bondad comparándose con quienes ven como «malos». Sin embargo, la Biblia advierte contra esta comparación relativa: Jesús narra la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo se considera justo porque no es como otros (ladrones, injustos o adúlteros), mientras que el publicano simplemente pide misericordia. Jesús declara justificado al publicano, no al fariseo, porque reconoció su pecado y dependencia de Dios (Lucas 18:9-14). Pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos (2 Corintios 10:12b).

Dios no evalúa según estándares humanos, sino conforme a su justicia perfecta.

La fuente de la verdadera bondad procede de Dios. Según las Escrituras, las buenas obras no son suficientes para alcanzar salvación ni justificar a una persona: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9). Jesús dice: Separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5). Esto indica que toda acción verdaderamente buena proviene de una relación con Cristo.

La bondad auténtica no se basa en obras externas, sino en un corazón transformado por el Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23).

¿Qué Dice la Biblia Sobre los «Malos»? Muchos de los que son considerados malos o inmorales son objeto del amor y la gracia de Dios. Jesús frecuentemente ministró a los pecadores, dejando claro que nadie está fuera del alcance de su misericordia: No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento (Mateo 9:13). La mujer pecadora que unge los pies de Jesús es perdonada por su fe y arrepentimiento, mientras que el fariseo «bueno» permanece incrédulo y orgulloso (Lucas 7:36-50).

Esto demuestra que la salvación no depende de la percepción de bondad o maldad humana, sino de la respuesta al llamado de Dios.

La trampa del orgullo moral es muy peligrosa y común. Creerse bueno por las propias obras puede llevar al orgullo y al rechazo de la necesidad de salvación: Ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios (Romanos 10:3). Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros (1 Juan 1:8-10).

El orgullo moral ciega a las personas a su necesidad de arrepentimiento y fe en Cristo.

La única fuente de salvación es Jesús. La Biblia enseña que todos, sin importar cuán buenos o malos se consideren, necesitan la salvación que solo Cristo ofrece. Nadie puede alcanzar la justicia divina por mérito propio: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14:6). En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hechos 4:12).

La verdadera bondad comienza con un corazón rendido a Dios. Para los cristianos, este análisis refuerza la necesidad de proclamar el Evangelio a todos, sin parcialidad, y confiar en que Dios es quien juzga con justicia.

Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.

“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.

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