“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”
Juan 17:3 RVR1960
Queridos amigos, en nuestra cultura es común escuchar decir a la gente que tal o cual persona es su amiga. Yo les cuestiono, preguntando cuán bien conocen a las personas que afirman son sus amigos.
En la cultura alemana hay niveles que me parecen más precisos y que delimitan las relaciones de una mejor manera. Un conocido jamás será descrito como amigo, un buen conocido podría llegar a ser incluido en el marco de la amistad, de tal manera que los amigos son pocos, y para ser llamados tales debe uno conocerlos bien y tener una relación estrecha de afecto, confianza y apoyo mutuo.
En nuestra cultura a muchos les suena mal decir es un “conocido”, por eso optan por decir es un “amigo” y, por tanto, el ámbito de los amigos se extiende ampliamente, y hay muchos casos en que los “amigos” no habían sido tales.
Entonces llegamos a la conclusión de que hay amigos y amigos; los que lo son por interés y los verdaderos que están presentes en los buenos y malos momentos, ofreciendo amorosa compañía, consejo y el deseo de bien estar.
Escuché un sin fin de veces decir “sí, lo conozco, es mi amigo”, pero en realidad no existía ninguna conexión emocional como se tiene entre amigos de verdad.
Algo similar pasa con Dios y su Hijo Jesucristo la gente afirma que los conocen, muchos indican que Jesús es su amigo, pero los conocen de oídas, sin haber forjado una relación que permita conocerlos en verdad.
Afirman que creen en Dios. La Biblia dice: hasta los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19). La “fe” de los demonios es inútil, aunque crean lo que saben que es verdad. De igual manera las personas que dicen “creer” en Dios sin mostrar ninguna evidencia de fe verdadera tienen un nivel de “creencia” similar a la de los demonios.
Porque creer es saber una verdad, pues los que “creen” aceptan la existencia de Dios sin necesidad de pruebas absolutas, pero no le creen a Él, pues no están dispuestos a seguir su Palabra, sus mandatos.
Si uno cree que Jesucristo es su Señor, es porque está consciente de que al ser su Señor se convierte automáticamente en su esclavo (siervo, para que no les suene demasiado duro a algunos). Y el siervo está para servir, no para ser servido.
Conocer a nuestro Señor implica saber qué desea, qué ama y qué aborrece. Conocer a Dios es saber que Él nos creó para Su gloria, no para nuestra gloria. Sin embargo, el hombre natural busca vivir para su propia gloria.
Conociendo a Jesús, es decir creyendo en Él como Señor y salvador, podemos tener vida eterna. Pero hemos de estar conscientes de que la vida del cristiano es morir a sí mismo para que Cristo viva en uno.
Un Dios que está presente para apagar incendios y ser convocado solo cuando los problemas tocan a la puerta, no es el Dios de la Biblia. El Dios de la Biblia quiere que sus siervos le sirvan todos los días, que lo tengan presente en su corazón, pensamientos, palabras y actos las veinticuatro horas del día.
Preguntémonos si en verdad conocemos a Dios.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.