“Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.”
Mateo 5:42
Queridos amigos, a primera vista, el mandato parece absoluto: dar siempre a todo el que pida. Pero, como en todo el Sermón del Monte, Jesús está enseñando principios del corazón, no reglas mecánicas sin discernimiento.
El contexto es de amor radical, no de legalismo ingenuo. El versículo se encuentra dentro de una sección donde Jesús enseña a no resistir al mal con venganza, a poner la otra mejilla, a amar a los enemigos.
El enfoque de romper la lógica egoísta del mundo y formar un corazón generoso es absolutamente claro.
Pero no significa dar absolutamente a todos sin excepción. La Biblia, interpretándose a sí misma, muestra que la generosidad debe ir acompañada de sabiduría.
Por ejemplo, 2 Tesalonicenses 3:10 afirma: “si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”, Proverbios advierte sobre la imprudencia financiera, Jesús mismo no se entregaba indiscriminadamente a todos (Juan 2:24). Por lo tanto,
enseña una disposición interior, pero sin irresponsabilidad.
El verdadero problema que Jesús confronta no es “¿a quién debo dar?”
sino “¿por qué no quiero dar?”
Jesús está confrontando el egoísmo, la dureza del corazón, la excusa constante para no ayudar, porque el hombre natural tiende a proteger lo suyo, sospechar de todos, justificar la falta de generosidad.
El principio clave es la disposición generosa; Jesús enseña que el creyente debe tener un corazón abierto, dispuesto, no defensivo ni cerrado. No se trata de dar sin pensar, sino de no negarse por egoísmo.
La diferencia entre generosidad y permisividad está en que dar a todo el mundo sin discernimiento puede fomentar dependencia, alimentar el pecado, perjudicar al otro, pero negar ayuda sistemáticamente revela dureza, falta de amor, autosuficiencia.
El equilibrio bíblico está en la generosidad con discernimiento.
En el Reino de Dios, el creyente no vive preguntando “¿cómo protejo lo mío?”, sino “¿cómo puedo reflejar el carácter de Dios?” Y Dios es generoso, paciente, dador.
El versículo nos llama a examinar ¿soy rápido para ayudar o para excusarme?, ¿mi primera reacción es dar o protegerme?, ¿uso el “discernimiento” como excusa para no amar?
No se nos enseña que debamos dar sin pensar a cualquier persona en cualquier situación. Se nos enseña que nuestro corazón no sea cerrado, egoísta ni calculador.
El discípulo de Cristo es alguien que está dispuesto a dar, ama sin reservas, pero también actúa con sabiduría.
En resumen, es un llamado a una generosidad radical gobernada por el amor y el discernimiento.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.