“según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,”
Efesios 1:4-5 RVR1960
Queridos amigos, les presento la secuencia de la conversión a Jesucristo, ordenada de acuerdo con los principios teológicos de la Biblia.
Elección: Dios escoge soberanamente a los suyos desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4-5).
Llamamiento eficaz: Se refiere a la acción soberana de Dios por medio del Espíritu Santo, que atrae irresistiblemente a los elegidos a la salvación por medio de Cristo (Romanos 8:30). No es solo una invitación externa, sino un llamado interno que transforma el corazón y la voluntad, llevándolos a responder en fe y arrepentimiento.
La gracia irresistible describe la naturaleza de ese llamamiento, destacando que cuando Dios decide salvar a alguien, Su gracia no puede ser frustrada ni rechazada por el hombre pecador. Dios cambia el corazón del pecador de tal manera que este viene a Cristo de manera voluntaria y gozosa.
El llamamiento eficaz es el medio por el cual la gracia irresistible se aplica en la vida del elegido, asegurando que aquellos a quienes Dios llama eficazmente vendrán a Él con toda certeza.
Regeneración: A través del nuevo nacimiento, Dios transforma el corazón de piedra del pecador en un corazón de carne, otorgando nueva vida espiritual (Ezequiel 36:26, Juan 3:3-6). La regeneración precede a la fe y al arrepentimiento, es decir, es Dios quien primero da vida espiritual al pecador muerto espiritualmente en sus delitos y pecados, lo que le capacita para creer y arrepentirse.
Conversión: La conversión es una obra divina en su origen, pero el hombre responde de manera activa porque Dios transforma su corazón y voluntad, haciéndolo capaz de creer y arrepentirse. Como resultado de la regeneración, la persona recibe los dones de fe y arrepentimiento (Hechos 2:38) para convertirse. La conversión es el resultado del llamamiento eficaz de Dios y evidencia la gracia transformadora en la vida del creyente.
La fe salvadora o salvífica es el don de Dios mediante el cual una persona confía plenamente en Cristo para su salvación como Señor y salvador, abandonando toda dependencia de sus propias obras y recibiendo la justicia de Cristo como su única esperanza de vida eterna.
El arrepentimiento genuino es un cambio profundo de mente, corazón y dirección hacia Dios, producido por Su gracia. No es solo un sentimiento de remordimiento o culpa, sino un giro genuino del pecado hacia la obediencia a Dios. El convertido se aparta del pecado para volverse a Dios.
El arrepentimiento es una respuesta a la convicción del Espíritu Santo que lleva al creyente a buscar a Dios con humildad y sumisión, es la obra por la cual el Espíritu revela al corazón del ser humano su condición pecaminosa, su necesidad de salvación y la verdad del evangelio (Juan 16:8).
La convicción del Espíritu también se le llama convencimiento de pecado, ya que el Espíritu Santo convence al pecador de su rebelión contra Dios, de la justicia de Cristo y del juicio venidero. Esta convicción lleva al arrepentimiento genuino y a la fe en Jesucristo.
La convicción del Espíritu es un acto divino que ilumina la mente y el corazón del hombre, guiándolo al reconocimiento de su necesidad de Cristo.
Tanto la fe como el arrepentimiento no son una respuesta humana, sino los efectos seguros de la gracia regeneradora de Dios en el corazón del pecador elegido.
Justificación: Dios declara justo al creyente por medio de la fe en Cristo, imputando su justicia. Por lo tanto, la justificación es un acto legal de Dios en el que declara al pecador justo en base a la obra de Cristo. En el libro de Romanos dice: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 5:1 RVR1960). La fe salvadora es el medio por el cual recibimos la justificación, confiando plenamente en la obra redentora de Jesús.
Dios declara santo al pecador en el momento de la justificación, que ocurre instantáneamente cuando el pecador, por la gracia de Dios, es llevado a la fe en Cristo.
En ese instante, Dios le imputa la justicia de Cristo, lo declara justo y lo aparta para sí, es decir, lo santifica posicionalmente (1 Corintios 1:30; Hebreos 10:10).
Esta santificación posicional es un acto definitivo basado en la obra de Cristo, mientras que la santificación progresiva continúa a lo largo de la vida del creyente, moldeándolo a la imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).
Adopción: El creyente es hecho hijo de Dios y recibe todos los derechos y privilegios como tal (Gálatas 4:5-7). Se es hijo de Dios únicamente por la fe en Cristo Jesús (Juan 1:12; Gálatas 3:26). Esto implica haber sido adoptado en su familia mediante la obra redentora de Cristo y el nuevo nacimiento espiritual.
La diferencia principal entre ser criatura de Dios y ser hijo de Dios radica en la relación con Él. Todas las personas son criaturas de Dios por creación, ya que Dios es el Creador de todo (Génesis 1:27). Sin embargo, esto no implica una relación espiritual con Él. En el mundo todos son criaturas de Dios, pero solo aquellos que han sido regenerados (nacidos de nuevo) y creen en Cristo son verdaderamente hijos de Dios.
Santificación: Un proceso progresivo por el cual el creyente es conformado a la imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).
La santificación es parte de esa obra continua de Dios en el creyente, asegurando su avance espiritual hasta la glorificación final (Romanos 8:29-30).
Perseverancia de los santos: Dios sostiene a sus elegidos para que permanezcan fieles hasta el final (Filipenses 1:6). Los verdaderos creyentes, al haber sido salvados por la gracia de Dios, perseverarán hasta el fin porque Dios obra en ellos tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13).
La verdadera perseverancia de los santos se manifiesta en una vida de santificación progresiva. Aquellos que han sido justificados y regenerados por Dios serán transformados continuamente, creciendo en santidad (Filipenses 1:6; Hebreos 12:14).
La perseverancia implica que el creyente sigue adelante en la fe, mostrando frutos de santidad como evidencia de su salvación genuina (Mateo 7:16-20).
Glorificación: En el día final, los creyentes serán transformados a la imagen gloriosa de Cristo (Romanos 8:30).
La gloria eterna es el estado final y definitivo de los creyentes en Cristo, en el cual serán plenamente conformados a la imagen de Dios y disfrutarán de Su presencia para siempre. Es el cumplimiento de la salvación, donde los redimidos recibirán cuerpos glorificados y vivirán en perfecta comunión con Dios en un estado de gozo, paz y santidad sin fin.
Los creyentes serán glorificados, es decir, recibirán cuerpos incorruptibles, semejantes al cuerpo glorificado de Cristo (Filipenses 3:21; 1 Corintios 15:42-44). Serán libres de la presencia del pecado y revestidos de inmortalidad (Romanos 8:30). La gloria eterna implica vivir en la presencia directa de Dios, viendo Su rostro y disfrutando de Su gloria sin velos ni obstáculos (Apocalipsis 22:3-4). Será el cumplimiento de la promesa de estar con el Señor para siempre (1 Tesalonicenses 4:17). Los creyentes heredarán el Reino preparado desde la fundación del mundo (Mateo 25:34). Recibirán la corona de justicia y disfrutarán de una plenitud de gozo en la presencia de Dios (2 Timoteo 4:8; Salmo 16:11).
La gloria eterna se experimentará en un entorno restaurado donde no habrá muerte, dolor ni sufrimiento (Apocalipsis 21:1-4). Será una realidad de perfección y plenitud en la presencia del Cordero.
La gloria eterna es la esperanza bienaventurada de todo creyente, asegurada por la obra redentora de Cristo. Es el destino final donde los creyentes verdaderos seremos completamente libres del pecado, experimentaremos la perfección en Cristo y viviremos para siempre en la presencia gloriosa de Dios.
Este orden muestra la iniciativa soberana de Dios en la salvación y su fidelidad para completar la obra que comenzó antes de la fundación del mundo.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.