EL ESPÍRITU SANTO NOS CONVENCE DE PECADO, JUSTICIA Y JUICIO

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.”

Juan 16:8 RVR1960

Queridos amigos, la partida del Señor Jesucristo era necesaria para la venida del Consolador, el Espíritu Santo. La muerte y resurrección de Cristo, junto con su partida, generaría la llegada del Espíritu Santo enviado por el Dios Padre. Irse significaba que podía estar en todo lado gracias a la presencia del Espíritu Santo.
Lo físico no es omnipresente, por lo tanto, la presencia corporal de Jesús podía estar sólo en un lugar a la vez, pero su Espíritu estaría en todas partes. Aclarado el punto de cuándo vendría el Espíritu, el Maestro describe tres funciones fundamentales que vendría a cumplir: “De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:9-11).
Tanta era (es) la ceguera de la gente del mundo, que consideraban (considera) a Jesús como pecador, y a sí mismos como justos. Él había sido enviado por el Padre para revelar la naturaleza de Dios y su propósito para el mundo, pero fueron muy pocos los que le creyeron, pues la gran mayoría rechazó su testimonio y continuó sin más su vida pecadora.
No creer en Jesucristo es básicamente la sustancia del pecado. Para eso es imprescindible la obra de convicción de pecado del Espíritu. Sólo Él puede realizar esta obra de una manera eficaz, pues Él convence de pecado a las personas, mostrándoles la dimensión de su maldad y de su condenación, para después brindarles el maravilloso consuelo, que sólo Él puede dar.
Una cosa es decirle al mundo lo pecador que es, otra es convencerlo. El mundo necesita que se lo convenza con poder, porque no quiere oír. Antes de conocer a Cristo yo me declaraba pecador, pero no tanto, porque sabía hasta cierto punto lo que implicaba el mal, pero no era consciente de los alcances y consecuencias que tenía. Cuando vi pasar mis pecados como una película en mi mente, me sentí aterrorizado por lo que había hecho y no pude más que sollozar, pidiendo perdón.
El Espíritu convence de que el pecado es un hecho real y doloroso. Abre los ojos del pecador para mostrarle lo transgresor, lo corrupto, lo necio, lo duro de corazón, que es. Es entonces cuando el pecador entiende en qué clase de inmundicia vive, y por qué es aborrecido por Dios. Finalmente comprende que la consecuencia del pecado es la muerte y que todos son culpables ante Dios.
Otra de las funciones del Espíritu es la de convencer al mundo de justicia. La idea de justicia del mundo es muy diferente de la de Dios. Es necesario que el mundo determine lo vano y vacío de su propia justicia por obras, para apreciar la justicia de Dios. Jesucristo es justo y la justicia en esencia, y su justicia le es imputada a todos los que creen en Él para justificación y salvación. Hizo justicia en la cruz del calvario pagando el precio por el pecado de toda la humanidad, y todos los que en Él creen pueden tomar a su favor esa muerte para perdón de pecados. Su obra triunfante sobre la muerte es para vida para aquellos que creen genuinamente.
La tercera función del Espíritu es la de convencer de juicio. El mundo tiene sus propios criterios falsos sobre lo que significa el pecado, la justicia y el juicio. Lo humanamente imposible lo logra el Espíritu con su poder, pues convence a las personas del error en que viven, en lo erróneos que son sus pensamientos y sus actos.
La muerte de Jesús en la cruz fue motivo de celebración para sus enemigos terrenales y espirituales, pero en realidad celebraban su propia derrota. Demostraron extremas ceguera e ignorancia, pues en realidad fueron vencidos, juzgados y condenados. Satanás fue derrotado para siempre y con eso se demostró el juicio de Cristo sobre él. Esto nos debe dar confianza, aunque Satanás continua engañando y haciendo caer a quienes puede, pero sabe que está vencido y condenado para siempre.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.

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