«Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique.»
Juan 17:1
Queridos amigos, este versículo abre lo que a menudo se llama la Oración Sacerdotal de Cristo. Aquí, la palabra gloria y el acto de «glorificar» tienen un sentido mucho más profundo que un simple elogio o exaltación verbal.
En la Biblia, gloria significa la manifestación visible o perceptible del peso, valor, belleza, poder y santidad de Dios.
En el contexto de Juan 17:1: No es solo la gloria eterna que el Hijo tenía con el Padre antes de la encarnación (Juan 17:5), sino la revelación plena de esa gloria a través de su obra redentora, especialmente en la cruz, la resurrección y la ascensión.
En otras palabras: la “gloria” aquí está ligada al cumplimiento de la misión que el Padre le dio al Hijo para salvar a los escogidos.
El Padre glorifica al Hijo de varias maneras: Autorizando su obra, ya que el envío del Hijo al mundo, su respaldo en milagros, y su testimonio audible (“Este es mi Hijo amado…”) son actos de glorificación. Sosteniéndolo en la cruz, aunque el mundo vería la crucifixión como humillación, el Padre la convirtió en el punto máximo de la revelación de su amor y justicia (Romanos 3:25-26); allí Cristo manifestó obediencia perfecta y amor supremo. Exaltándolo después de la obra, pues por la resurrección y ascensión, el Padre lo levantó y le dio “un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9-11).
Jesús glorifica al Padre: Revelando quién es Dios, como está escrito en Juan 1:18: “El Hijo unigénito… él le ha dado a conocer.” Sus palabras, obras y carácter muestran la perfección del Padre. Cumpliendo el plan de redención, como está escrito en Juan 17:4: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.” Su obediencia perfecta incluso hasta la muerte muestra el valor absoluto del propósito divino.
También lo glorifica, atrayendo a los redimidos a la adoración verdadera, pues por su muerte y resurrección, el Hijo abre el camino para que el pueblo de Dios reconozca la majestad y gracia del Padre.
La dinámica «el Padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre» es un círculo de gloria dentro de la Trinidad: El Padre glorifica al Hijo dándole la autoridad, sosteniéndolo en la obra y exaltándolo. El Hijo glorifica al Padre mostrando su carácter y cumpliendo su voluntad.
Este intercambio no es de ego, sino de manifestación mutua del ser divino: lo que el Padre es, el Hijo lo revela; lo que el Hijo hace, el Padre lo respalda y exalta.
En la teología reformada, esto se entiende como la gloria intratrinitaria que existía desde la eternidad, manifestada en la historia para salvación. Y aquí se ve que la cruz no es solo un acto de sufrimiento, sino un acto de gloria porque revela plenamente el amor, la justicia y el poder de Dios.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.