LO QUE VIENE DEL MUNDO NO VIENE DEL PADRE

“Porque nada de lo que hay en el mundo —los malos deseos de la carne, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida—, proviene del Padre, sino del mundo.”

1 Juan 2:16 NVI

Queridos amigos, cuando el apóstol Juan escribe en Juan 3:16: “De tal manera amó Dios al mundo” la palabra mundo se refiere a sus habitantes humanos, en cambio la otra acepción de “mundo” posee un sentido moral y se refiere a mundanalidad y no a la creación física. Es por ello que el amor por el mundo es incompatible con el amor por el Padre (Santiago 4:4).
La mundanalidad no solo se refiere a lo visiblemente externo como con quiénes andamos, las actividades que nos entusiasman y los lugares que nos gusta frecuentar. La mundanalidad en verdad comienza en el corazón y se define por las actitudes en cuanto a los deseos de la carne, es decir ese anhelo de darnos gustos; la codicia de los ojos es la suma de los deseos por tener más y más bienes de todo tipo; y la arrogancia o vanagloria de la vida, es esa necesidad de posición social, de ascenso y de reconocimiento.
Observamos que la Palabra asevera enfáticamente que nada de lo antes descrito proviene del Padre, sino del mundo. El mundo es la esfera del mal que es el reino de Satanás, él es el príncipe de este mundo y lo tiene bajo su dominio (Juan 12:31; 14:30), por lo tanto, no debe sorprendernos que sea consecuente con su forma de actuar desde el principio. Tentó a Eva (Génesis 3:6) con los tres puntos que menciona el apóstol y también tentó a Jesús con los mismos argumentos en el desierto (Mateo 4:1-11).
La creación, es decir el mundo físico, es buena, por lo tanto, lo que existe en el mundo es bueno y puede desearse y poseerse para los fines concebidos por Dios. Lo creado debe usarse para la gloria de Dios, pues nosotros los humanos fuimos creados para su gloria y todo lo demás también.
El problema se suscita cuando el pecado se apodera de las cosas creadas, y el humano empieza a valorarlas y desearlas con otros propósitos que los establecidos por Dios. Nada del mundo es eterno, todo es perecedero, todo decae, pero una vida y una relación con Dios son eternas. Entonces no dejemos que el mundo aparte a Dios de nuestros corazones, pues mientras más sea el amor que se le tiene al mundo mayor será el distanciamiento de Dios.
El mundo es todo lo contrario a Dios, es la sociedad humana organizada sin tener en cuenta a Dios. Se sustenta con todo menos con la Verdad; los principios falsos, los bajos deseos, los valores equivocados, el egoísmo y la vanagloria son los que rigen su derrotero.
Los deseos de la carne no se limitan a los pecados sexuales. Se refieren a una vida dominada por los sentidos, a hacer un dios de las comodidades, de los gustos, de los placeres sensuales; incluyendo los malos deseos del corazón.
La codicia de los ojos se refiere a esa inclinación por dejarse cautivar por lo que se ve y desearlo. Dejarse llevar por las apariencias anhelando poseer lo que se tiene delante de los ojos. Y cuando se posee, se utiliza para elevar el orgullo haciendo gala de lo material. Es el amor al dinero, porque se cree que con el dinero se compra todo, desconociendo otros valores que no sean los materiales.
La arrogancia de la vida es vanagloriarse pretendiendo ser mejor, teniendo más que el resto. Presumir y jactarse manifestando una forma de vida fatua acompañada con una sed insaciable de reconocimiento.
Ninguna de estas cosas se originan en Dios, pues son exclusivamente del mundo.
Ni para el hombre natural ni para el cristiano cabe permanecer neutral, porque sólo existen dos opciones o se es de Dios y se Le ama, o se es del diablo y se ama al mundo. No se puede servir a dos señores (Mateo 6:24). Los que aman a Dios tienen la gozosa eternidad por delante, en cambio quienes aman al mundo no tienen ningún futuro prometedor, pues les espera la desilusión y el sufrimiento en la condenación eterna.
Para ustedes gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.

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