“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;”
Mateo 11:5 RVR1960
Queridos amigos, como siempre todo versículo tiene un contexto y no puede ser extraído de él. Juan el Bautista estaba en la cárcel después de haber estado trabajando para la obra de Dios durante aproximadamente dieciocho meses.
Era evidente que se trataba de un profeta de Dios, pero le entró la duda de por qué Jesús permitía que estuviese encarcelado; si tenia tanto poder, por qué no le permitía seguir predicando a la gente que tanto lo necesitaba. Evidentemente había expresado que era necesario que Jesús crezca, y que el mengüe (Juan 3:30), pero quizás no se había imaginado que menguaría tanto.
Las condiciones indignas de la cárcel no aportaban a su estado psicológico; existe un paralelismo con el profeta Elías, quien no estuvo encarcelado, pero tuvo que huir, y a pesar de ser un hombre de Dios, se sintió sólo y abandonado, deprimido y con ganas de morir. Se muestra el lado humano de estas personas, en este caso específico el lado débil de Juan el Bautista.
Juan paradójicamente tuvo dudas sobre la divinidad de Jesús, pero al mismo tiempo tenía la suficiente confianza como para mandar a sus discípulos a preguntarle directamente a Él, si era realmente Él aquel que había de venir, o esperarían a otro.
Juan sabía que él era el precursor de Jesús el Mesías, lo manifestó públicamente en diferentes ocasiones, reconoció a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29), pero es probable que se haya dejado dominar por las creencias de su época dadas sus penosas circunstancias de encarcelamiento.
Se decía que el Mesías traería destrucción y juicio para sus enemigos; muchos lo afirmaban sustentados en los profetas, que establecería su reino de justicia en la Tierra apenas llegara. También se creía en el retorno de varios de los profetas, y Juan pudo haber pensado que Jesús quizás sólo sería uno de ellos (Mateo 16:4).
Otros afirman que las dudas no podían venir de Juan después de haber visto y afirmado todo lo que Jesús representaba y había hecho. Sus discípulos serían los de las dudas, pero Jesús fue claro en su respuesta “vayan y hagan saber a Juan” (Mateo 11:4).
La respuesta de Jesús fue suficiente como para poner claridad a la incertidumbre de Juan. Se refirió a lo evidente, que eran sus actos de sanidad en favor de ciegos, cojos, leprosos, sordos, paralíticos que eran sanados e incluso algunos resucitados, junto con lo más importante: el anuncio del Evangelio. ¿Qué evidencias más podía pedir Juan? La identidad de Jesús quedó aclarada por completo.
Todos los creyentes tienen dudas en algún momento, inclusive los más santos. El problema se suscita cuando para absolver las interrogantes se recurre a una fuente que no provenga de Cristo. Juan nos da un buen ejemplo para el diario vivir, que es resolver las dudas poniéndolas a los pies de Jesús.
Si alguna vez llegamos a dudar sobre el perdón de nuestros pecados o sobre nuestra condición de salvación, recordemos los cambios que han tenido lugar dentro de nosotros gracias al poder del Espíritu Santo, de cómo éramos en el pasado y de cómo somos ahora. Recurramos siempre a nuestro Salvador Jesucristo.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.