“Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.”
Mateo 26:56 RVR1960
Queridos amigos, Jesús había sido traicionado por Judas, él lo identificó dándole un abrazo y un beso, el hombre natural puede demostrar hipocresía desmedida cuando se trata de satisfacer su ambición.
Judas era ambicioso y muy probablemente le gustaba la buena vida. Es posible que en muchas ocasiones no estaba cómodo por las condiciones limitadas en las que vivían Jesús y sus apóstoles. Como tesorero tomaba de la bolsa para cumplir con sus deseos terrenales y así poder satisfacer las “necesidades” que no cubría su Maestro.
Esta condición de codicia la aprovechó Dios para el cumplimiento de las Escrituras. Judas como discípulo de Jesús lo conocía muy bien, por tanto, también estaba en condiciones de identificarlo físicamente de inmediato. Los líderes judíos no vacilaron en aceptar su traicionera propuesta y le pagaron treinta piezas de plata para que lo delatara.
Contra la costumbre de los apóstoles que solían saludarlo con el título de Señor, Judas lo saludó con el título de Rabí, que significa maestro. Jesús conociendo las falsas intenciones de Judas no dejó de lado su característica amabilidad, pues le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? (Mateo 26:50).
Observamos que Jesús actuó con compasión incluso en el momento más crítico de la traición. Veía con misericordia el gravísimo pecado de Judas. En ningún momento promovió su defensa y menos la violencia. Cuando Pedro desenvainó su espada y le cortó la oreja a Malco, el siervo del sumo sacerdote, la inmediata reacción de Jesús fue la de reprender a Pedro por su actitud belicosa y la de restaurar la oreja cortada del siervo.
Pedro merecía ser reprendido porque el que toma las armas se pone en peligro y la violencia nunca lleva a buen puerto, pero ese no era el motivo principal para que Jesús le ordenase que guardara la espada, pues evitar el arresto impediría el cumplimiento del plan previsto por Dios.
Una multitud de gente fuertemente armada se había presentado delante de Jesús, sin lugar a dudas representó un motivo de sorpresa, puesto que el ministerio de Jesús se realizaba abierta y pacíficamente. El gentío sin darse cuenta estaba aportando para que se cumpliera lo que ya estaba escrito.
Los discípulos se “escandalizaron” de Jesús como Él ya lo había predicho poco antes: Entonces Jesús les dijo: Todos ustedes se escandalizarán de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor y las ovejas del rebaño serán dispersadas (Mateo 26:31; Zacarías 13:7).
Si bien hay hombres muy valientes que pasaron a la historia, los discípulos de Jesús no se caracterizaron por su valentía hasta que Dios obró sobre ellos, recordemos que eran hombres comunes y corrientes, que deseaban cuidarse a sí mismos en primer lugar.
Ser identificado como seguidor de un malhechor representa siempre un riesgo, pero el hecho de ser distinguido por ser su asociado íntimo, implica un peligro mucho mayor. A los líderes judíos no les importó identificar a Jesús dentro del rango de los peores malhechores que terminaban colgados en una cruz.
El miedo se apoderó de los discípulos y se dispersaron para momentáneamente dejar de ser seguidores de cerca. Cabe preguntarse qué habrán sentido y cómo habrán sufrido cuando realizaron que su Maestro había acertado en su afirmación de que sería abandonado.
El temor enceguese y la necedad acompaña. El acto pecaminoso de huir realizado por los discípulos sin lugar a dudas es un gran pecado. Escapar del Mesías, que afirmó ser el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6) por miedo a la prisión y a la muerte no sólo fue un acto de cobardía sino de necedad en pleno, pero esa es la naturaleza del hombre natural hasta que el Espíritu Santo obra su poder sobre él.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.