“Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy.”
Hechos 23:1 RVR1960
Queridos amigos, los cristianos son representantes de Cristo en este mundo. Por ejemplo, es fácil reconocer a un embajador de un país árabe, porque su forma de vestir, su manera de actuar y sus costumbres lo delatan de inmediato. Sin embargo, conozco muchos casos en los que personas relativamente cercanas mencionan “no sabía que eras cristiano”, ese comentario debería ser motivo de preocupación, pues queda claro que no se está representando a Cristo como de debiera.
El apóstol Pablo reconoció haber sido blasfemo, perseguidor y agresor en el pasado, pero Dios le había mostrado misericordia, porque lo había hecho en ignorancia en su incredulidad (1Timoteo 1:13). Todo eso había quedado como parte del pasado, ahora podía afirmar con todo convencimiento de que estaba haciendo la voluntad de Dios.
En el mundo muchos afirman vivir irreprensiblemente, pero la realidad es que no lo hacen en verdad, sin embargo, casi nadie se ocupa de demostrar lo contrario. En el caso de Pablo, él afirmaba haber vivido con toda consciencia delante de Dios desde el momento en que conoció a Cristo y esto enfadó al sumo sacerdote.
Es probable que el ambiente ya estuviera algo caldeado por el desenfado de Pablo de referirse a los miembros del Sanedrín como “hermanos”, quienes se veían a sí mismos a un nivel superior al de Pablo, pues esperaban que se dirigieran a ellos con solemne respeto como “gobernadores del pueblo” o “ancianos de Israel”.
Para el sumo sacerdote Ananías las palabras introductorias de Pablo sonaron a demasiada exageración sumada a altanería, pues no podía concebir que Pablo manifestara haber vivido con toda consciencia delante de Dios, porque por algo estaba ante el concilio.
Ananías por más sumo sacerdote que fuera no podía evitar que su condición de hombre natural lo dominara, pues no conocía a Cristo, y ordenó, mostrando arrogancia y quebrantando la ley, que golpeasen a Pablo en la boca.
Pablo reaccionó con violencia, pues su respuesta fue inmediata y agresiva, al parecer estaba demasiado enojado. ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! El apóstol se ocupó de devolverle la bofetada verbalmente. Decirle a alguien que era sepulcro blanqueado era acusarlo de hipócrita (Mateo 23:27). Ananías estaba ahí para cumplir la ley, pero la estaba quebrantando por haber ordenado que lo pegaran.
Pablo al darse cuenta de que había reprendido al sumo sacerdote, no dudó en disculparse, pues lo había hecho inadvertidamente, citó Éxodo 22:28. El apóstol respetaba el alto cargo y por ello no dudó en pedir disculpas, pero sabía que la persona que lo desempeñaba no era la idónea.
Vemos aquí el carácter de Pablo, un hombre honesto entregado a Dios. Para él primero está Dios, después él mismo. Vive cuidándose de lo malo en función a su mejor discernimiento, busca constantemente lo bueno, tomando consciencia de sus actos y palabras.
Pablo era consciente de su conducta, de su palabras y de sus pensamientos. Bajo dichas condiciones se puede tener aún más confianza en Dios, pues se está viviendo delante del Todopoderoso. Los grandes hombres suelen ser los primeros en aceptar sus faltas y buscan enmendarlas. Todos reaccionamos mal en algún momento; Pablo demostró respeto por la autoridad y se disculpó, esperemos que las autoridades demuestren respeto por Dios.
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.