¿DE QUÉ SIRVE GANAR EL MUNDO SI SE PIERDE EL ALMA?

“Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”

Mateo 16:26 RVR1960

Queridos amigos, en una charla de amigos mencioné sobre lo necio de esforzarse por conseguir logros humanos en los diferentes deportes, porque considero que suele ser una idolatría al yo y al logro.
El deporte adquiere cada vez más importancia en este mundo moderno. Ahora veo a varones caminando con sus celulares en mano viendo un partido de fútbol, que les parece que no se pueden perder. La televisión está saturada de programas deportivos, existen canales exclusivos de deportes. Y cada vez más personas están involucradas con el deporte de una manera activa o pasiva.
De por sí, el deporte competitivo conlleva lo que se conoce como “instinto asesino” del deportista y se contrapone con la compasión y amor cristianos. Si no juegas a matar no eres un buen deportista, entonces la competición deportiva se convierte en un culto al objetivo o un culto al desarrollo de las capacidades físicas.
Nace la pregunta de hasta qué punto el ideal deportivo es compatible con el ideal cristiano. El apóstol Pablo habla de los atletas que requieren de mucho carácter y los compara a los cristianos en ese sentido. El apóstol asemeja la vida cristiana con una carrera, pero con un premio mucho mejor al final: “Es sabido que en una carrera todos compiten, pero solamente uno recibe el premio. Pues bien, corran ustedes de tal modo que reciban el premio”.
La diferencia entre un atleta que se somete a una dura vida de entrenamiento y un cristiano que persevera en su fe radica en la gracia. El atleta suele tener como objetivo y motivación el logro, el honor, la medalla de oro; en tanto que el cristiano realiza su labor motivado por amor a Dios gracias a la gracia divina.
El atleta y el cristiano se parecen en que evitan todo lo que puede causarles daño, sin embargo, en el primer caso lo hace para alcanzar un trofeo perecedero, en cambio en el caso del cristiano su meta es por un premio inmarcesible (1 Corintios 9:24-27).
Todo atleta debe cuidar su cuerpo para conseguir su objetivo de conseguir el triunfo. Todo cristiano debe cuidar su cuerpo para poder servir a Dios lo mejor posible. El cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y Dios debe ser glorificado en el cuerpo (1 Corintios 6:19-20).
El atleta de alto rendimiento debe ser disciplinado, sabe dominar su cuerpo, sabe que es superior físicamente a la mayoría y quiere destacar, hacerse conocido por sus logros. Pero, la posición del cristiano es otra, pues no confía en su fuerza física o en su juventud, ni en sus recursos; no está buscando grandeza o popularidad. Su fuerza y vigor para alcanzar la meta vienen de Dios y dependen de temer a Dios, de confiar y esperar en Él: “Ningún rey se salva por su gran ejército, ni se salvan los valientes por su mucha fuerza; los caballos no sirven para salvar a nadie; aunque son muy poderosos, no pueden salvar. Pero el Señor cuida siempre de quienes lo honran y confían en su amor, para salvarlos de la muerte y darles vida en épocas de hambre.” (Salmo 33:16-19).
Es necesario para el atleta (y para todos quienes lo siguen) resistirse a la tentación de pensar que la victoria depende solamente de seguir estrictamente la rutina de entrenamiento, de pensar que uno está en control de su propia vida, de pensar que uno puede si quiere, que las cosas se logran por el propio esfuerzo y nada más (Mateo 6:27). El atleta (y todos los que lo siguen) debe dar todo lo que tiene para triunfar, pero cuanto menos confíe en sí mismo, y más se abandone en las manos de Dios, mayor será su victoria (Isaías 40:28-31).
Los deportistas de alto rendimiento están acostumbrados a darle prioridad al deporte por encima de su vida social, la diversión, el estudio, el trabajo, la familia, etc., y es cierto que es muy difícil obtener el éxito de otra manera. Al mismo tiempo, Dios quiere que mantengamos nuestras prioridades en el debido orden. Él es el NÚMERO UNO (Deuteronomio 6:4-5), y la salvación debe ser la preocupación principal de todo cristiano: “Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera.” (1 Timoteo 4:7b-8).
Es necesario dedicarse de lleno al deporte para triunfar en él, pero siempre habrá lesiones, enfermedad, impedimentos y fracasos. Sólo los mejores obtendrán el premio. ¿Y qué es el premio? ¿Vale la pena realmente el esfuerzo? Los atletas dirán que no hay nada como el sabor del triunfo y sus seguidores saborean junto con ellos. Pero, ¿cuánto valor tiene todo eso? Las cantidades de dinero inauditas que ganan algunos futbolistas hacen pensar a la gente que ese es un ideal. Craso error desde la perspectiva más importante, la espiritual.
No es necesario remontarse a los tiempos antiguos en que la gente se arrodillaba delante de ídolos. El ser humano moderno adora su propio cuerpo, olvidando que su cuerpo no le pertenece a él sino a
Dios (1 Corintios 6:19-20), y adorando a la criatura en vez de al creador (Romanos 1:25). Un buen ejemplo de esto es el físiculturismo, en el que los atletas dedican horas enteras frente al espejo a admirar la masa muscular que van desarrollando y todos los amateurs que se pasan horas el el gym. En resumen, atleta (y cualquier persona) que ame a su cuerpo más que a Dios (Deuteronomio 6:4-5), es un idólatra.
“El carpintero tiende la regla, lo señala con almagre, lo labra con los cepillos, le da figura con el compás, lo hace en forma de varón, a semejanza de hombre hermoso, para tenerlo en casa. Corta cedros, y toma ciprés y encina, que crecen entre los árboles del bosque; planta pino, que se críe con la lluvia. De él se sirve luego el hombre para quemar, y toma de ellos para calentarse; enciende también el horno, y cuece panes; hace además un dios, y lo adora; fabrica un ídolo, y se arrodilla delante de él. Parte del leño quema en el fuego; con parte de él come carne, prepara un asado, y se sacia; después se calienta, y dice: ¡Oh! me he calentado, he visto el fuego; y hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo: Líbrame, porque mi dios eres tú.” (Isaías 44:13-17).
Y los fanáticos del deporte idolatran a sus campeones. Toda la estructura está establecida con una perspectiva para evitar darle la gloria Dios. Los Juegos Olímpicos y los mundiales de fútbol, por ejemplo, son una celebración de la victoria y de las grandes capacidades del ser humano. Unos juegos verdaderamente cristianos no darían medallas ni copas a los ganadores, sino que culminarían con alabanzas y adoración a Dios.
No puedes no tener la camiseta de tu equipo, y hasta el pobre perro anda disfrazado de fan. Se saben la vida y horrores de los jugadores, técnicos, etc. Son expertos en estrategias, superando a varios famosos. Juzgan a todos los que pueden en el ámbito deportivo. Detestan a los del equipo contrario. Aguantan sol y lluvia o dejan cualquier cosa de lado con tal de no perderse un partido. El deporte suele ser su tema favorito de conversación. Manifiestan amor y odio intensos. Después de preguntar de qué equipo eres, si tienes otros intereses te ralean. ¿Les suena familiar?
El ser humano de estos tiempos tiene cada vez más una obsesión con el alto rendimiento, la belleza y la perfección. Pensemos en este curioso efecto: Mientras más se acerca el ser humano a la perfección, mayor es su fragilidad. Imagino que debido a su condición caída el hombre está condenado al desorden, a la imperfección y a envejecer, y todo lo que hace son vanos intentos por escapar de dicha condición. Sólo en Cristo, al final de los tiempos, alcanzarán las personas la verdadera perfección y no envejecerán jamás (Apocalipsis 21:3-40).
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” (Hebreos 12:1-2).
Gracia y misericordia de nuestro Señor para ustedes.
“Es mejor decir la verdad que duele y luego sana, que la mentira que consuela y luego mata”. A.R.

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